Los refugiados españoles, en la frontera francesa de Cerbère, en febrero de 1939. Fotografía Manuel Moros-Fondos Peneff-Colección Memorial del campo de Arge
Los refugiados españoles, en la frontera francesa de Cerbère, en febrero de 1939. Fotografía Manuel Moros-Fondos Peneff-Colección Memorial del campo de Arge

El Exilio Republicano Español

Este es el espacio del Museo Baltasar Lobo dedicado al Exilio republicano español, un episodio fundamental de la historia de España que condicionó la vida de cientos de miles de españoles. No podemos entender la figura del escultor Baltasar Lobo, ni de la escritora Mercedes Guillén sin hablar del trauma que dejó este capítulo, consecuencia de la Guerra Civil.

De esta forma, el usuario encontrará aquí todos aquellos contenidos de la web que hablan, de una forma u otra, del exilio. Desde reportajes y programas de podcast, a vídeos que se publican en las diferentes secciones de www.museobaltasarlobo.es. Asimismo, este espacio está abierto a cualquier tipo de colaboración o de información, con el objetivo de ampliar la mirada sobre los acontecimientos que se desencadenaron a principios de 1939. La meta: conocer mejor un suceso clave en el pasado español, y cómo afectó a Lobo y a Mercedes, así como a tantos otros españoles, muchos de ellos, referencia en la cultura de nuestro país.

Los refugiados españoles, en la frontera francesa de Cerbère, en febrero de 1939. Fotografía Manuel Moros-Fondos Peneff-Colección Memorial del campo de Arge.

CRONOLOGÍA DEL EXILIO

Huida de los refugiados españoles a Francia en febrero de 1939. Fotografía Manuel Moros-Fondos Peneff-Colección Memorial del campo de Argelès.
Huida de los refugiados españoles a Francia en febrero de 1939. Fotografía Manuel Moros-Fondos Peneff-Colección Memorial del campo de Argelès.

Como anticipo de la derrota republicana en la Guerra Civil, que quedaría sellada en el inicio del mes de abril con el último parte de la contienda, cientos de miles de españoles se reunieron forzosamente en Cataluña, acosados por un régimen franquista en ciernes. A mediados de enero de 1939, la llamada “caravana del exilio” comenzó a atravesar la frontera con Francia, hasta sumar una huida masiva de cerca de 470.000 personas. Una parte fundamental estaba compuesta por soldados derrotados —unos 300.000—, a quienes se sumaron unos 170.000 civiles, entre niños, mujeres y ancianos.

Por un lado, la “caravana del exilio” se apresuró a cruzar el límite francés bajo la amenaza continuada, sin descanso, de las tropas franquistas hasta el último milímetro del territorio español, en un traslado que se completaría en unas tres semanas. Por otro, los españoles del exilio caminaban con la mayor de las incertidumbres en la cabeza, resumidas en una pregunta obsesiva: ¿Qué ocurrirá ahora? Además, el exilio —a pie, cargados con sus enseres y con la desesperanza de abandonar los hogares— se produjo en unas condiciones difícilmente digeribles. Al factor psicológico se unía el hambre y el frío, situación que no mejoraría al otro lado de la frontera. Más bien al contrario.

Tal y como narran en nuestro podcast “El sonido del bronce”, la experta Ángeles Egido León, catedrática de Historia Contemporánea en la UNED, y Amparo Sánchez-Monroy, la “niña del exilio”, una vez superada la frontera, la impotencia y el horror se multiplicaron. Aparecieron los primeros campos de refugiados en las playas del sureste francés, adonde los exiliados españoles fueron dirigidos, en un ambiente de reproche y xenofobia abonado por el primer ministro francés Édouard Daladier. En territorio galo, los españoles se convirtieron en “indésirables”, indeseables, personas estigmatizadas con un negro panorama por delante.

Las abundantes crónicas de la experiencia en campos situados en las playas de Argèles o Saint-Cyprien aportan detalles realmente desagradables sobre las condiciones infrahumanas en las que miles de personas tuvieron que sobrevivir. El hambre, la sed, la falta de higiene, el hacinamiento, la aparición de las enfermedades y la complicada convivencia marcaría la existencia de miles de personas, que percibieron el profundo rechazo de la sociedad francesa en aquella forzosa acogida.

Mujeres y niños en el campo de Argelès sur Mer, en febrero de 1939. Fotografía Manuel Moros-Fondos Peneff-Colección Memorial del campo de Argelès
Mujeres y niños en el campo de Argelès sur Mer, en febrero de 1939. Fotografía Manuel Moros-Fondos Peneff-Colección Memorial del campo de Argelès.

Las autoridades francesas forzaron una elección entre dos polos igualmente inconvenientes para los españoles del exilio. Por un lado, un nuevo exilio hacia países hispanoamericanos que se habían comprometido oficialmente a acoger a los españoles perseguidos: México, Chile o Republica Dominicana. Por otro, la perversa idea de regresar a un país donde continuarían siendo perseguidos. Dos organismos, el SERE (Servicio de Emigración de los Republicanos Españoles) y la JARE (Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles) se encargarían de gestionar el nuevo paso de los republicanos, impulsando los viajes y sufragando los gastos, gracias al apoyo de instituciones internacionales procedentes de países tan insospechados como Argentina, cuyo aparato político estaba en contra de lo exiliados, pero con una sociedad tremendamente solidaria que aportó su aliento para aliviar la situación de los perseguidos.

En Europa, Francia se consolidaría como el principal receptor de exiliados españoles. La irrupción de la II Guerra Mundial desplazó el foco de los españoles y lo proyectó sobre la dramática ocupación francesa por parte de la Alemania nazi, y el nacimiento de la Francia colaboracionista, ubicada en la parte sur bajo el mandato del general Philippe Pétain. Sin embargo, aquellos españoles señalados por una supuesta colaboración con la resistencia francesa (con el “enemigo”) llevaría a miles de ellos a los campos de concentración y exterminio de los nazis. El de Mauthausen se convertiría en el “campo de los españoles”, pues allí irían a parar cerca de 10.000 compatriotas; una parte de ellos fueron asesinados en el vecino campo de exterminio de Gusen.

En este panorama difuso, dramático, desalentador se inició un nuevo exilio, principalmente hacia México, donde el presidente Lázaro Cárdenas recibiría con los brazos abiertos —en este caso, sí— a miles de españoles. Un nuevo traslado muy lejos de la añorada y compleja España que comenzaría con el mítico primer viaje del barco Sinaia, que zarpó el 25 de mayo de 1939 desde el puerto francés de Sète, cerca de Montpellier, con 1.599 refugiados a bordo huyendo de la amenaza de los campos de concentración. Si la emigración que permanecía en Francia optó por aceptar puestos de trabajo en la agricultura, la industria o la construcción, quienes marcharon a México eran, fundamentalmente, profesionales liberales o intelectuales, haciendo de esta segunda opción una más selectiva. Baltasar Lobo y Mercedes Guillén estuvieron a un palmo de acogerse a esta solución. Sin embargo, la magia inspiradora de París —pese a las tremendas circunstancias vitales— terminaría por mantener a la pareja en suelo europeo.

Hubo otra emigración forzada, con un destino bien diferente. El 5 de marzo partiría desde el Mediterráneo una flota republicana que buscaba las costas del norte de África. Se calcula que unos 10.000 españoles llegaron al puerto de Orán, para desembarcar en la franja de Argelia limítrofe con Marruecos.

A pesar de la oposición inicial, de las tremendas reticencias de los franceses en la acogida a los españoles, la guerra lo cambió todo. La Ocupación de Francia por los nazis y la reacción de los europeos frente al fascismo toparon con la experiencia de los republicanos, que se convertirían en los primeros luchadores contra la oleada fascista, que amenazaba con echar abajo la construcción de Europa. En la Alta Saboya francesa, el trabajo y la tenacidad de los españoles exiliados fue fundamental para derrotar a los nazis.

De aquella lucha quedan ejemplos como el del soldado español Miguel Vera, que contribuyó a convertir esta región limítrofe con Francia en la primera del país vecino en desembarazarse de la ocupación alemana. Precisamente en una localidad situada en esta zona, en Annecy, quedó la huella de Baltasar Lobo, quien contribuyó a la causa con la aportación de una escultura en recuerdo y homenaje por aquellos héroes, cuya hazaña es hoy más reconocida en territorio francés que en su país de origen.

Así es como los republicanos españoles se convirtieron en unos de los primeros constructores de la democracia europea que ha llegado hasta nuestros días. En el plano cultural e intelectual, fueron cientos, miles, los españoles que han luchado desde el exilio por la libertad, si bien, muchos de ellos desaparecieron producto de las guerras o, simplemente, nunca pudieron (o no quisieron) regresar a su país natal. Sirva este apartado de www.museobaltasarlobo.es como homenaje a todos ellos, a sus contribuciones, concentradas en las figuras de Baltasar Lobo y Mercedes Guillén.